Ocurren en un contexto de profunda desconfianza y hostilidad, donde la violencia esporádica puede encender tensiones a gran escala. Cada incidente de este tipo alimenta el ciclo de represalias y desconfianza, endureciendo las posturas políticas en ambos lados.

Para la sociedad israelí, refuerza la narrativa de una amenaza existencial constante, mientras que para los palestinos, estos actos son vistos por algunos como una consecuencia inevitable de la ocupación y la falta de un horizonte político. El ataque en Beit Shean es un sombrío recordatorio de que, incluso fuera de los principales focos de conflicto como Gaza, la violencia sigue latente y puede estallar en cualquier momento.