El atentado fue perpetrado por un padre y su hijo, quienes abrieron fuego contra una multitud que participaba en la festividad judía. Uno de los atacantes murió en el lugar, mientras que el otro fue hospitalizado bajo custodia.
La investigación preliminar determinó que actuaron solos, pero motivados por una ideología extremista, con presuntos vínculos con el grupo Estado Islámico.
En su vehículo se encontraron artefactos explosivos improvisados.
El primer ministro australiano, Anthony Albanese, calificó el hecho como un golpe a los valores del país y anunció la evaluación de leyes de armas más estrictas.
Días después, la policía arrestó a otros siete hombres que presuntamente planeaban otro "acto violento".
El ataque ha sido condenado enérgicamente a nivel mundial.
El rabino argentino Eli Levy, cuya familia se vio afectada, expresó que "la inseguridad se estandarizó para cualquier evento judío".
Por su parte, el diplomático israelí Gali Dagan comparó el odio manifestado en Sídney con el de la masacre del Festival Nova el 7 de octubre. Según el Dr. Josh Roose, especialista en terrorismo, la amenaza islamista en Australia "nunca ha desaparecido".
La playa de Bondi reabrió cinco días después del ataque, entre el luto y la resiliencia de la comunidad, que sigue rindiendo homenaje a las víctimas.












