La narrativa destaca el interés de las potencias europeas en la región por motivos religiosos, científicos y políticos. Un punto de inflexión fue la Primera Guerra Mundial, con la derrota otomana a manos del general británico Edmund Allenby y la posterior Declaración Balfour de 1917. El autor describe esta declaración, que prometía un "hogar nacional" para el pueblo judío, no como una "concesión" sino como un "acto de justicia", devolviendo la tierra a su "original dueño". Tras la guerra, Gran Bretaña recibió el mandato sobre Palestina de la Sociedad de Naciones en 1922, facilitando la inmigración judía, impulsada por los pogromos en Rusia y el ascenso del nazismo en Alemania. La llegada de judíos y la compra de tierras llevaron a fricciones con la población árabe y musulmana, culminando en la "gran revuelta árabe" de 1936.
El autor subraya que esta revuelta ocurrió mientras los judíos eran perseguidos en Europa, y que el Holocausto reforzó el clamor por un Estado propio. Citando a Winston Churchill sobre la "relación indiscutible" de los judíos con Palestina, el texto concluye con la decisión del Reino Unido de entregar el problema a la ONU, que propuso un plan de partición del territorio para resolver el creciente conflicto.










