La fragilidad del acuerdo quedó en evidencia rápidamente.
Por un lado, Hamás denunció como una violación del alto el fuego la muerte de palestinos a manos de fuerzas israelíes.
El Ejército israelí justificó sus acciones sosteniendo que las personas abatidas representaban una “amenaza inminente”.
Por otro lado, la tensión escaló cuando el ejército israelí confirmó que uno de los cuatro cuerpos entregados por Hamás “no coincide con ninguno de los rehenes desaparecidos”. Este hecho provocó la indignación de la ultraderecha israelí. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, acusó a Hamás de “mentir, engañar y abusar de las familias y de los cadáveres” y calificó al grupo de “terror nazi”.
Ben-Gvir exigió al primer ministro Netanyahu lanzar un ultimátum claro para detener inmediatamente toda la ayuda humanitaria si Hamás no devolvía los cuerpos correctos.
Adicionalmente, funcionarios palestinos denunciaron que los 45 cuerpos de sus combatientes entregados por Israel llegaron con las manos y piernas esposadas y algunos con los ojos vendados, pidiendo detalles sobre las circunstancias de sus muertes.













