La operación en Venezuela es la manifestación más audaz de la política exterior de Donald Trump en su segundo mandato, revelando una estrategia de dominio continental y control de recursos estratégicos. Sus declaraciones y amenazas a otros líderes regionales evidencian un giro hacia una diplomacia intervencionista y de confrontación. En una rueda de prensa posterior a la captura, Trump fue explícito sobre sus intenciones: “Vamos a manejar Venezuela hasta que llegue el momento de hacer una transición”. El mandatario dejó claro que el control de la industria petrolera venezolana es una prioridad, afirmando que las principales empresas estadounidenses invertirán para recuperar la infraestructura y la producción. Esta postura ha sido descrita como el regreso de la “diplomacia de cañoneras”. La estrategia de Trump no se limita a Venezuela. El presidente estadounidense ha lanzado advertencias directas a otros países de la región.
Sobre Colombia, afirmó que “está muy enferma, liderada por un hombre enfermo que le gusta hacer cocaína” y, al ser preguntado sobre una posible acción militar, respondió: “Suena bien para mí”. También declaró que Cuba está “a punto de caer” y que su economía está en ruinas, sugiriendo que no sería necesaria una operación similar.
Esta retórica, enmarcada en una lucha contra el narcotráfico, es interpretada por analistas como un esfuerzo por reafirmar la supremacía de Estados Unidos en América Latina y asegurar el acceso a recursos clave frente a la creciente influencia de potencias rivales como China.
En resumenLas acciones y la retórica de Trump señalan una política exterior estadounidense más agresiva e intervencionista en América Latina, enfocada en el control de recursos estratégicos y en desafiar a cualquier gobierno considerado hostil a sus intereses.