Tras la captura de Nicolás Maduro, Venezuela se enfrenta a un vacío de poder y a un complejo proceso de transición tutelado por Estados Unidos. La designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina y el desplazamiento de la oposición tradicional marcan el inicio de una nueva y tensa etapa política. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela ordenó que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumiera la presidencia interina, una decisión que fue respaldada por la cúpula militar. Casi de inmediato, Rodríguez adoptó un doble discurso: por un lado, denunció el “secuestro” de Maduro y exigió su liberación, pero por otro, propuso a Estados Unidos trabajar en “una agenda de cooperación”. La administración Trump ha respondido con una estrategia pragmática, manteniendo comunicación con Rodríguez mientras le advierte de las consecuencias de no colaborar. El presidente Trump declaró que si Rodríguez “no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro”. Al mismo tiempo, el secretario de Estado, Marco Rubio, abrió la puerta a trabajar con el oficialismo si toma las “decisiones adecuadas”.
En este nuevo escenario, la principal figura de la oposición, María Corina Machado, ha sido marginada.
Trump afirmó públicamente que a Machado “le sería muy difícil estar al frente del país” porque, según él, “no cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país”. Esta postura sugiere que Washington prioriza la estabilidad y el control a través de una figura del chavismo dispuesta a negociar, en lugar de arriesgarse con un cambio de régimen liderado por la oposición.
En resumenLa transición post-Maduro está siendo moldeada por el pragmatismo de EE. UU., que favorece la negociación con la estructura de poder chavista restante bajo Delcy Rodríguez en detrimento de la oposición democrática, creando un camino incierto para el futuro de Venezuela.