La relación entre Estados Unidos y Venezuela ha alcanzado un punto de máxima tensión, caracterizada por una agresiva campaña de presión estadounidense que combina acciones militares en el Caribe, sanciones económicas y un fuerte componente político centrado en la figura de Nicolás Maduro y la líder opositora María Corina Machado. La administración del presidente Donald Trump ha intensificado su ofensiva con un despliegue militar sin precedentes en el Caribe, que incluye el sobrevuelo de aviones de combate y drones de vigilancia a escasos kilómetros de la costa venezolana y la presencia de buques de guerra. La acción más directa fue la incautación de un buque petrolero, que el gobierno de Maduro calificó como un acto de “piratería internacional” y “robo descarado”. Washington justificó la operación como un golpe al transporte de crudo sancionado que, según alega, financia a un “régimen narcoterrorista”.
A esto se suman nuevas sanciones contra familiares de la primera dama Cilia Flores y empresas navieras, aumentando el cerco económico.
La retórica de Trump ha sido contundente, afirmando que los días de Maduro están “contados” y sin descartar ataques terrestres. En respuesta, Venezuela ha denunciado la “intimidación” estadounidense, ha anunciado el potenciamiento de su sistema de defensa aérea y ha recibido el respaldo explícito del presidente ruso Vladimir Putin. La situación se complejiza con la reaparición de la nobel de la Paz, María Corina Machado, quien tras un osado escape de Venezuela, ha pedido a las democracias del mundo redoblar la presión para que Maduro “entienda que su tiempo se ha acabado”.
En resumenLa confrontación entre EE. UU. y Venezuela se ha agudizado a través de una estrategia multifacética de presión militar, económica y diplomática. Mientras Washington busca asfixiar al gobierno de Maduro, Caracas refuerza su defensa y busca apoyo en aliados como Rusia, en un escenario de alta volatilidad regional.