El encontronazo, que involucró aviones de combate de ambas naciones, ha desencadenado un cruce de acusaciones y protestas diplomáticas, subrayando el riesgo de una escalada accidental o intencionada. El gobierno japonés denunció que un avión de combate chino apuntó su radar de control de tiro hacia aeronaves japonesas al sureste de Okinawa. El ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi, calificó el acto como una amenaza y confirmó que su país presentó una protesta formal ante China por el incidente, que afortunadamente no dejó heridos.

Por su parte, Pekín respondió acusando a los aviones japoneses de haber interrumpido un entrenamiento aéreo de sus fuerzas. Este tipo de incidentes no son aislados, pero la naturaleza de la acción —el uso de un radar de tiro es a menudo considerado un paso previo a un ataque— aumenta la gravedad de la situación. El evento se enmarca en un contexto más amplio de la modernización militar de China y su objetivo de desafiar el dominio de Estados Unidos y sus aliados en la región. La creciente asertividad de Pekín en los mares de China Oriental y Meridional ha llevado a un aumento de la vigilancia y las patrullas por parte de Japón, lo que a su vez incrementa las posibilidades de encuentros peligrosos entre las fuerzas armadas de ambas potencias.