En el ámbito comercial, persisten las fricciones. El presidente francés, Emmanuel Macron, advirtió que la UE podría imponer aranceles a China debido a su superávit comercial, reflejando las acusaciones europeas de competencia desleal.

A pesar de esto, altos funcionarios de EE.

UU. y China han prometido cooperación en su acuerdo comercial, buscando una estabilidad que la OCDE considera clave para el crecimiento global, aunque advierte sobre futuras debilidades por nuevos gravámenes.

La diplomacia juega un papel crucial en este tablero. La visita de Macron a China tuvo como objetivo presionar a Xi Jinping para que influya sobre Rusia y ponga fin a la guerra en Ucrania, demostrando el rol de Pekín como un actor indispensable en la seguridad global. Al mismo tiempo, se percibe un esfuerzo de China por cortejar a líderes europeos como Macron para aislar a otros rivales regionales.

La competencia militar es el aspecto más preocupante de esta relación. China ha sumado a su flota el portaaviones de última generación "Fujian", una clara declaración de intenciones para desafiar el poderío naval de EE. UU. en el Pacífico.

La estrategia de Xi Jinping coordina la diplomacia, la innovación tecnológica y la modernización militar para consolidar el papel global de China. Además, la tensión se materializa en incidentes directos, como el de un avión de combate chino que apuntó su radar a aeronaves japonesas, un aliado clave de EE. UU. en la región.