Guinea-Bissau se ha sumido en una nueva crisis política tras un golpe de Estado perpetrado por el ejército, que depuso al presidente Umaro Sissoco Embaló pocos días después de unas controvertidas elecciones presidenciales. Este evento subraya la persistente inestabilidad del país y se suma a una serie de tomas de poder militares en la región. El 26 de noviembre, un grupo de oficiales militares anunció haber tomado el "control total" del país para, según ellos, "restablecer el orden" y salvar a la nación de un supuesto plan de desestabilización. El golpe se produjo antes de que se publicaran los resultados oficiales de las elecciones del 23 de noviembre, en las que tanto el presidente Embaló como el candidato opositor Fernando Dias se habían declarado vencedores, generando una parálisis política. Tras la toma del poder, el general Horta N'Tam fue investido como "presidente de transición" y anunció que lideraría el país durante un año. El presidente depuesto, Embaló, confirmó que se encontraba bajo custodia militar y posteriormente viajó a la República del Congo.
Guinea-Bissau, una de las naciones más pobres de África Occidental, tiene un largo historial de inestabilidad política, con cuatro golpes de Estado exitosos y más de una docena de intentos desde su independencia en 1974.
Además, el país es conocido por ser un punto clave en la ruta del narcotráfico desde América Latina hacia Europa, lo que agrava la corrupción y la debilidad institucional. La oposición ha acusado a Embaló de orquestar un "autogolpe" para no reconocer su derrota electoral, dejando el futuro del país en una profunda incertidumbre.
En resumenEl reciente golpe militar en Guinea-Bissau, impulsado por una crisis postelectoral, confirma la frágil democracia del país y su historial de inestabilidad. La toma del poder por parte del ejército deja a la nación en un limbo político y agrava los desafíos estructurales de pobreza y narcotráfico en la región.