La primera cumbre del G20 celebrada en suelo africano, en Johannesburgo, estuvo marcada por la ausencia de Estados Unidos y una profunda división geopolítica. A pesar del boicot de la administración Trump, los miembros restantes lograron aprobar una declaración conjunta, reafirmando el multilateralismo y poniendo el foco en las prioridades del sur global. La decisión de Donald Trump de no asistir, tras acusar sin pruebas a Sudáfrica de cometer un "genocidio blanco", dominó el ambiente de la cumbre. Sin embargo, el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, instó a no restar importancia a la cita y defendió el multilateralismo como respuesta a las crisis globales.
En un movimiento inusual, la declaración conjunta fue emitida al inicio de la cumbre, demostrando una voluntad colectiva de avanzar a pesar de la ausencia estadounidense. El texto final reafirmó el rol de la ONU y se centró en desafíos globales como el cambio climático, la deuda, la transición energética y la desigualdad, con especial atención a los conflictos en Congo, Sudán, Ucrania y Palestina. La postura de Washington fue desafiada por otros líderes, como el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien declaró que "el multilateralismo vencerá".
La cumbre también evidenció otras fisuras, ya que Argentina se unió a Estados Unidos en su rechazo a la declaración.
A último minuto, EE.
UU. envió un delegado para recibir la presidencia del G20 para 2026, aunque no asistió a la ceremonia de cierre, calificando la medida como una violación del protocolo.
En resumenA pesar de un boicot liderado por Estados Unidos, la cumbre del G20 en Johannesburgo emitió una declaración conjunta que enfatiza el multilateralismo y los desafíos globales. El evento subrayó una creciente brecha entre Washington y una coalición de naciones que defienden los intereses del Sur Global, exponiendo una batalla entre dos visiones del orden mundial.