La guerra en Ucrania ha entrado en una fase crítica, marcada por la intensa diplomacia entre Estados Unidos y Rusia, y la desesperada búsqueda de Kiev por armamento de mayor alcance. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se reunirá en la Casa Blanca con su homólogo estadounidense, Donald Trump, para solicitar la entrega de misiles de largo alcance Tomahawk, considerados clave para fortalecer su capacidad defensiva frente a los ataques rusos. La posible entrega de estos misiles, capaces de alcanzar objetivos a más de 1.500 kilómetros, ha generado una enérgica reacción de Moscú. El Kremlin ha calificado la medida como un “paso hostil” que podría infligir “daños significativos” a las relaciones bilaterales y complicar cualquier proceso de paz.
La tensión se elevó aún más cuando el presidente Trump, tras una “larga llamada” con Vladímir Putin, anunció que ambos líderes acordaron reunirse en Budapest para “poner fin” al conflicto.
Este sorpresivo acercamiento entre Washington y Moscú ha sembrado incertidumbre sobre el futuro del apoyo militar a Ucrania, ya que el tono conciliador de Trump podría condicionar la entrega de los Tomahawk. Mientras tanto, Rusia ha intensificado su ofensiva, lanzando ataques masivos contra la infraestructura energética y de gas ucraniana, lo que agrava la crisis humanitaria de cara al invierno. La situación también tiene un costo humano para otras naciones, como lo demuestra la muerte de soldados colombianos que se han unido a las fuerzas de defensa ucranianas, cuyos familiares ahora enfrentan dificultades para la repatriación de sus cuerpos.
En resumenEl conflicto ucraniano se encuentra en un punto de inflexión, donde la estrategia militar de Kiev depende de un apoyo estadounidense que ahora está supeditado a la compleja dinámica diplomática entre Trump y Putin. La cumbre en Budapest podría redefinir el curso de la guerra, dejando a Ucrania en una posición vulnerable mientras enfrenta una brutal ofensiva rusa.