Siria celebró este 5 de octubre sus primeras elecciones legislativas tras la caída de Bashar al-Assad, un proceso que busca proyectar una imagen de normalidad y estabilidad, pero que ha sido recibido con una mezcla de esperanza, escepticismo y críticas por su falta de representatividad. El gobierno de transición ha calificado estos comicios como un “signo de normalidad” y un paso hacia la reconstrucción democrática del país tras 14 años de conflicto. Sin embargo, el proceso ha sido cuestionado por su naturaleza indirecta, ya que comités locales designan a la mayoría de los diputados, lo que, según la oposición, se trata de unos comicios “controlados desde arriba con poco espacio para la pluralidad”. Las calles de Damasco y otras ciudades mostraron una calma inusual, sin el ambiente electoral tradicional de mítines, pancartas o debates públicos.
Las minorías del país han expresado reacciones encontradas.
Los cristianos, la segunda minoría más numerosa, se muestran preocupados por su representación real, mientras que la comunidad drusa ve las elecciones como un posible paso hacia la reintegración política.
A pesar de ello, el escepticismo persiste, pues muchos consideran que el proceso está controlado por las élites.
En este contexto, una nueva generación de jóvenes, muchos de los cuales nunca han conocido la democracia, se esfuerza por participar en debates sociopolíticos, con la esperanza de crear una sociedad más inclusiva y representativa, convirtiéndose en un motor para una nueva Siria.
En resumenLas primeras elecciones sirias post-Assad representan un “experimento político” frágil y controvertido. Mientras el gobierno intenta mostrar una transición ordenada, la falta de competencia real y el escepticismo de las minorías y la oposición ponen en duda la capacidad de estos comicios para impulsar un cambio democrático efectivo y reflejar la voluntad de un pueblo marcado por años de guerra.