Su muerte no solo generó homenajes a su legado artístico, sino que también reabrió el debate sobre sus controvertidas posturas políticas y su deriva hacia la ultraderecha.

Bardot, fallecida en su residencia de Saint-Tropez, fue una de las figuras más influyentes del cine del siglo XX. Protagonista de películas emblemáticas como “Y Dios creó a la mujer”, se convirtió en un símbolo de sensualidad y rebeldía que transformó la cultura popular. En 1973, en la cima de su fama, se retiró de la actuación para dedicarse por completo al activismo por los derechos de los animales, fundando una organización que lleva su nombre y liderando campañas de alto perfil. Sin embargo, su figura no estuvo exenta de polémica.

En sus últimas décadas, Bardot fue duramente criticada por su cercanía a la ultraderecha francesa, expresando públicamente su apoyo a políticos como Jean-Marie Le Pen y su hija, Marine Le Pen.

Sus declaraciones fueron a menudo calificadas como xenófobas e islamófobas, lo que generó una profunda división en la opinión pública.

Tras su muerte, esta dualidad marcó las reacciones.

Mientras el presidente Emmanuel Macron la recordó como un símbolo de “una vida libre”, líderes de la ultraderecha como Marine Le Pen la elogiaron por ser “extraordinariamente francesa”. Este contraste evidencia la complejidad de su legado, que oscila entre su estatus de leyenda del cine y sus posturas políticas reaccionarias.