Sin embargo, su muerte también reabrió el debate sobre las controversias que marcaron su vida, especialmente sus posturas xenófobas y su cercanía con la ultraderecha.

Convertida en un símbolo de liberación sexual en los años 50 y 60, Bardot se retiró del cine en 1973 para dedicar su vida al activismo por los derechos de los animales, fundando la Fundación Brigitte Bardot en 1986. Esta segunda etapa de su vida, aunque elogiada por su dedicación, se vio empañada por declaraciones y condenas judiciales por incitación al odio racial, con insultos xenófobos e islamófobos.

Los artículos sobre su muerte no omitieron esta dualidad.

Líderes políticos como el presidente Emmanuel Macron la recordaron como un ícono que encarnó “una vida de libertad” y aportó “un resplandor universal a Francia”. En contraste, la líder de ultraderecha Marine Le Pen la elogió como una figura “extraordinariamente francesa: libre, indomable y fiel a sí misma”, destacando la afinidad ideológica que compartían. La cobertura mediática reflejó esta complejidad, presentando a Bardot no solo como la estrella de 'Y Dios creó a la mujer', sino también como una figura reaccionaria cuyas polémicas opiniones sobre la inmigración y el islam en Francia generaron un profundo rechazo. Su legado, por tanto, permanece dividido entre la admiración por su impacto cultural y su labor animalista, y la crítica por sus posturas intolerantes.