El analista Daniel Gómez califica la informalidad como "el verdadero termómetro del bienestar laboral", argumentando que la pregunta relevante no es si el desempleo bajó, sino si se están creando trabajos formales y productivos. La principal fuerza detrás de este fenómeno es el crecimiento del trabajo por cuenta propia, que sumó 651.000 personas. Esta modalidad, junto con el jornalero o peón, impulsó la mayor parte de la nueva ocupación, lo que sugiere una proliferación de micronegocios de subsistencia más que una expansión del empleo asalariado de calidad. El Banco de la República destaca que, en comparación con otros países de Latinoamérica, Colombia tiene un bajo peso del segmento asalariado, lo que evidencia una debilidad estructural. La situación varía regionalmente: mientras Ibagué y Bogotá lograron reducir sus tasas de informalidad al 48% y 34,8% respectivamente, Montería enfrenta un desafío mayor con un 62% de su población ocupada en el "rebusque", a pesar de haber alcanzado su tasa de desocupación más baja en diez años. Esta paradoja subraya que la creación de empleo, por sí sola, no garantiza la mejora en la calidad de vida si no va acompañada de formalización y protección social.