Esta disparidad no es solo estadística, sino que responde a problemas estructurales profundos.

Un análisis sobre la situación de las mujeres rurales destaca que ellas dedican en promedio ocho horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado, en comparación con las tres horas de los hombres. Esta “pobreza de tiempo” limita su acceso a la educación, la capacitación y la participación plena en el mercado laboral formal. Además, enfrentan mayores obstáculos en la tenencia de tierras, ya que solo el 36,3% de las propiedades rurales a nombre de un único dueño pertenecen a mujeres. Estos factores contribuyen a que la autonomía económica sea más difícil de alcanzar para ellas, perpetuando un ciclo de desigualdad que se refleja directamente en las cifras de desempleo.