Esta problemática afecta de manera desproporcionada a las mujeres, quienes enfrentan una doble carga. Además de la precariedad laboral, dedican en promedio más de siete horas diarias al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, en comparación con las tres horas de los hombres. Esta sobrecarga invisible resulta en trayectorias laborales más cortas e intermitentes, lo que se traduce en que solo el 13,2% de ellas logre una pensión, con mesadas que son en promedio un 28% más bajas que las de los hombres. Este fenómeno, arraigado en la estructura económica y social del país desde la Ley 100 de 1993, perpetúa un ciclo de desigualdad que se agudiza en la vejez.