Tras la captura de Maduro, la administración Trump ha optado por una transición tutelada, reconociendo a la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez como presidenta encargada de Venezuela. Esta decisión, que margina a la líder opositora María Corina Machado, ha sido justificada por Washington como una medida pragmática para garantizar la estabilidad y evitar un vacío de poder. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela ordenó que Rodríguez asumiera la presidencia, una medida que fue rápidamente aceptada por EE. UU. Un informe de la CIA, solicitado por la Casa Blanca semanas antes de la operación, habría aconsejado respaldar a Rodríguez por considerarla la figura más viable para garantizar la gobernabilidad y el apoyo de las Fuerzas Armadas, descartando a Machado por carecer de respaldo militar.
El presidente Trump declaró que Rodríguez estaba “cooperando” y “dispuesta a hacer lo que consideremos necesario para que Venezuela vuelva a ser grandiosa”.
Sin embargo, esta aparente colaboración está marcada por la coerción.
Trump también lanzó una dura advertencia, afirmando que si Rodríguez no coopera, “pagará un precio muy alto, tal vez mayor al de Maduro”. En sus alocuciones públicas, Rodríguez ha mantenido un discurso ambiguo, denunciando la intervención como una “barbarie” y afirmando que “no hay agente externo que gobierna Venezuela”, mientras que en otros momentos ha propuesto una “agenda de cooperación” con Washington.
En resumenLa administración Trump ha respaldado a Delcy Rodríguez como líder interina de Venezuela en una transición supervisada, considerándola una opción pragmática para mantener la estabilidad. Esta estrategia, que deja de lado a la oposición democrática, se combina con amenazas directas para asegurar la cooperación del nuevo gobierno.