Este anuncio sin precedentes ha sido interpretado por críticos como una afrenta directa a la soberanía venezolana y un retorno a políticas intervencionistas.
En una rueda de prensa desde su residencia en Mar-a-Lago, Florida, Trump fue explícito sobre sus intenciones: “Ahora vamos a gobernar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, apropiada y sensata”. Justificó esta medida como una forma de evitar que “otra persona tome el control” y se repita la situación de los últimos años, asegurando que su administración se quedará “hasta que se pueda dar la transición adecuada”. Esta declaración fue calificada por analistas en los artículos como “puro colonialismo”, al señalar que Trump no habló del retorno a la democracia, sino de intereses económicos y estratégicos. La administración estadounidense, según Trump, designará personas para manejar el país y se formará un grupo de trabajo que incluirá a figuras como el secretario de Estado, Marco Rubio. La afirmación de que Washington “dirigirá” Venezuela ha generado un profundo rechazo internacional, con múltiples países y organismos multilaterales cuestionando la legalidad de una ocupación de facto y una administración impuesta por una potencia extranjera, lo que revive la Doctrina Monroe como eje de la política exterior estadounidense en la región.












