La administración estadounidense utiliza lo que analistas denominan “hard power” (poder duro): despliegues navales, sanciones, aranceles y amenazas de intervención. En contraste, China ha avanzado a través del “soft power” (poder blando), centrado en inversiones masivas en infraestructura, comercio y tecnología, como lo demuestra su proyecto de la Franja y la Ruta. Esta dinámica ha generado una profunda polarización en la región.

Algunos gobiernos se han alineado con Washington, mientras que otros, como el Brasil de Lula, han resistido la presión y mantenido sus lazos con Pekín.

Expertos señalan que la estrategia estadounidense es cortoplacista y carece de una oferta económica competitiva, ya que no puede igualar las inversiones chinas. La región se encuentra así atrapada entre el garrote de Washington y la alternativa económica de Pekín.