La política exterior de Donald Trump ha convertido a América Latina en un epicentro de la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China. Mientras Washington busca recuperar su hegemonía tradicional mediante una estrategia de presión militar y económica, Pekín ha consolidado su posición como principal socio comercial y financiero en gran parte de la región. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump identifica explícitamente a China como un “competidor estratégico” y establece como objetivo desincentivar la cooperación de los países latinoamericanos con el gigante asiático. Esta política se ha traducido en acciones concretas, como la presión ejercida sobre Panamá para que una empresa estadounidense adquiriese puertos estratégicos, limitando así la influencia china en el canal.
La administración estadounidense utiliza lo que analistas denominan “hard power” (poder duro): despliegues navales, sanciones, aranceles y amenazas de intervención. En contraste, China ha avanzado a través del “soft power” (poder blando), centrado en inversiones masivas en infraestructura, comercio y tecnología, como lo demuestra su proyecto de la Franja y la Ruta. Esta dinámica ha generado una profunda polarización en la región.
Algunos gobiernos se han alineado con Washington, mientras que otros, como el Brasil de Lula, han resistido la presión y mantenido sus lazos con Pekín.
Expertos señalan que la estrategia estadounidense es cortoplacista y carece de una oferta económica competitiva, ya que no puede igualar las inversiones chinas. La región se encuentra así atrapada entre el garrote de Washington y la alternativa económica de Pekín.
En resumenBajo la presidencia de Trump, América Latina se ha convertido en un escenario clave de la rivalidad entre EE. UU. y China. Washington emplea tácticas de presión militar y sanciones para contrarrestar la creciente influencia económica y las inversiones estratégicas de Pekín, dejando a los países de la región en una encrucijada geopolítica.