Este enfoque marca un giro abrupto respecto a décadas anteriores, en las que Washington había centrado su atención en otras regiones. La nueva estrategia se manifiesta en un amplio despliegue militar en el Caribe, sanciones económicas, una dura política migratoria y una creciente injerencia en los asuntos internos de los países de la región. El objetivo, según el exdiplomático Alfredo Toro Hardy, es “recuperar a la región como esfera de influencia natural de los Estados Unidos”, considerando el control hemisférico como un “imperativo de seguridad nacional”. Esta política de “Hacer a América para Trump” se desarrolla en un contexto de creciente disputa geopolítica con China, que se ha consolidado como el principal socio comercial de gran parte de Sudamérica. La administración Trump busca contrarrestar esta influencia mediante una combinación de 'hard power' y coerción, aunque algunos expertos dudan de su eficacia a largo plazo sin un componente de inversión y 'soft power' similar al de Pekín.
Gobiernos como los de Brasil, Colombia y Venezuela han resistido y plantado cara a lo que describen como “arrogancia y atropello imperial”, generando una profunda polarización en el continente.











