La reacción de Dinamarca fue inmediata: el ministro de Asuntos Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, se declaró "profundamente indignado" y anunció la convocatoria del embajador de EE.

UU. para exigir explicaciones.

Las autoridades danesas y groenlandesas han insistido en que la soberanía no es negociable y que el futuro de la isla debe ser decidido únicamente por su población. Este episodio revela cómo lo que en 2019 fue visto como una "excentricidad" de Trump, su deseo de "comprar" Groenlandia, era en realidad parte de una estrategia geopolítica para contrarrestar la creciente influencia de China en la región.