El interés de larga data del presidente Donald Trump por incorporar Groenlandia a Estados Unidos ha pasado de ser una propuesta controvertida a una acción diplomática concreta, generando una nueva crisis con Dinamarca. La administración estadounidense nombró al gobernador de Luisiana, Jeff Landry, como enviado especial para Groenlandia, una medida que Copenhague ha calificado de "profundamente preocupante" y una afrenta a su soberanía. Trump ha justificado su interés en la isla ártica por motivos de seguridad nacional y por su vasta riqueza en recursos minerales estratégicos. En el contexto de una creciente rivalidad global con China, Groenlandia es vista por Washington como un territorio clave. Su ubicación es fundamental en el Ártico, una región que está ganando importancia estratégica debido al deshielo que abre nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a depósitos de tierras raras, minerales esenciales para la tecnología moderna y la industria de defensa. La designación de Landry, un político republicano que ha respaldado públicamente la idea de que Groenlandia se una a EE. UU., fue interpretada como un paso para formalizar la presión estadounidense.
La reacción de Dinamarca fue inmediata: el ministro de Asuntos Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, se declaró "profundamente indignado" y anunció la convocatoria del embajador de EE.
UU. para exigir explicaciones.
Las autoridades danesas y groenlandesas han insistido en que la soberanía no es negociable y que el futuro de la isla debe ser decidido únicamente por su población. Este episodio revela cómo lo que en 2019 fue visto como una "excentricidad" de Trump, su deseo de "comprar" Groenlandia, era en realidad parte de una estrategia geopolítica para contrarrestar la creciente influencia de China en la región.
En resumenEl nombramiento de un enviado especial de EE. UU. para Groenlandia por parte de Trump ha formalizado su interés estratégico en la isla, provocando una crisis diplomática con Dinamarca. La medida subraya la importancia geopolítica del Ártico en la competencia entre EE. UU. y China por recursos minerales y rutas marítimas, convirtiendo a Groenlandia en un punto clave de tensión internacional.