La principal prioridad es la competencia con China en todos los frentes: tecnológico, industrial, militar y en las cadenas de suministro. La doctrina también redefine la relación con Europa, exigiendo un mayor alineamiento y una mayor carga en los gastos de defensa, mientras describe al continente como una civilización en decadencia. Para América Latina y el Caribe, la estrategia representa una reafirmación del control estadounidense, siendo descrita por analistas como un “Corolario de Trump” a la Doctrina Monroe, que busca “asegurar” el hemisferio occidental frente a lo que considera la presencia de potencias hostiles. Este enfoque legitima el uso directo de la fuerza y el poder económico para proteger los intereses nacionales, marcando el fin del “orden basado en reglas” que EE.
UU. ayudó a construir después de 1945.
La estrategia ordena todo el aparato de poder —diplomacia, economía, sanciones y fuerza militar— bajo esta nueva visión, priorizando la potestad soberana del Estado por encima del derecho internacional.










