Estas acciones, calificadas por Caracas como “piratería”, han elevado drásticamente la tensión geopolítica en la región. La estrategia de Washington se materializó con el mayor despliegue aeronaval en el Caribe desde 1989, incluyendo la presencia del portaaviones Gerald R. Ford. Bajo el argumento de combatir el narcotráfico y cortar las fuentes de financiación del gobierno venezolano, al que acusa de liderar el “Cartel de los Soles”, Estados Unidos ha interceptado y confiscado múltiples buques petroleros, como el Skipper, el Centuries y el Bella 1. El propio presidente Trump justificó las medidas afirmando que Venezuela “se apropió” del petróleo estadounidense y que su gobierno lo quiere “de vuelta”, llegando a declarar que “Venezuela está completamente rodeada por la Armada más grande jamás reunida en la historia de Sudamérica”. Además, no descartó una posible guerra, advirtiendo que Maduro “sabe exactamente lo que quiero”.
La respuesta de Venezuela ha sido contundente, denunciando las acciones como “robo y secuestro” y una violación del derecho internacional, anunciando que llevará el caso ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Esta escalada ha generado una fuerte reacción internacional; mientras Rusia y China han respaldado a Caracas, criticando la “conducta de cowboy” de EE. UU., el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, advirtió que una intervención militar en Venezuela desataría una “catástrofe humanitaria” para la región. La ofensiva no solo busca asfixiar económicamente a Venezuela, sino también desplazar la influencia de China, Rusia e Irán, que han sostenido el flujo de crudo venezolano a través de una “flota fantasma”.












