Esta narrativa busca legitimar el bloqueo naval y las confiscaciones, presentándolas como un acto de recuperación de activos.
En repetidas declaraciones, Trump ha insistido en que su objetivo es recuperar lo que considera propiedad estadounidense.
“Nos quitaron todos nuestros derechos energéticos, nos quitaron todo nuestro petróleo hace no mucho, y lo queremos de vuelta”, manifestó el presidente, añadiendo que Venezuela “se lo tomaron ilegalmente”.
Esta retórica conecta directamente con el histórico de nacionalizaciones impulsadas por el gobierno de Hugo Chávez, que afectaron a gigantes energéticos como ExxonMobil y ConocoPhillips, quienes abandonaron sus proyectos en la Faja del Orinoco. Al presentar la situación como un “robo de activos”, Trump simplifica un complejo conflicto geopolítico y lo convierte en una disputa sobre propiedad, lo que le permite justificar sus acciones agresivas como una medida de restitución. Esta narrativa de saqueo neocolonial, como la describen algunos análisis, expone las motivaciones económicas detrás de la política de “máxima presión”, dejando en segundo plano los discursos sobre la defensa de la democracia o los derechos humanos. Sin embargo, la viabilidad de esta estrategia ha sido cuestionada, ya que el crudo venezolano es de tipo extrapesado, lo que implica mayores costos de extracción, y el mercado global ya enfrenta una sobreoferta por parte de productores como Rusia y Arabia Saudita. A pesar de ello, la obsesión de Trump por el petróleo venezolano parece ser un motor clave de su política exterior en la región.













