Estas acciones redefinen la confrontación en el Caribe y tienen profundas implicaciones económicas y geopolíticas para la región.
El presidente Donald Trump anunció la orden de un “bloqueo total y completo” a todos los buques petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela, una medida que se suma a la incautación de un buque cisterna frente a las costas venezolanas. La justificación de Trump es explícitamente económica y punitiva, declarando que la presión continuará hasta que Venezuela devuelva “a los Estados Unidos de América todo el petróleo, la tierra y otros activos que anteriormente nos robaron”. Para reforzar esta postura, el gobierno estadounidense designó formalmente al régimen de Maduro como una “organización terrorista extranjera”, acusándolo de utilizar los ingresos del petróleo para financiar el “narcoterrorismo, la trata de personas, el asesinato y el secuestro”. Esta escalada está respaldada por un masivo despliegue militar en el Caribe, descrito por Trump como “la armada más grande jamás reunida en la historia de Suramérica”. En este contexto, el mandatario no ha descartado una intervención militar directa, afirmando en entrevistas que una “guerra con Venezuela” es una opción sobre la mesa.
La respuesta de Caracas ha sido contundente, calificando las acciones de “piratería” y “agresión imperialista”, y anunciando que su Armada escoltará a los petroleros.
A nivel interno en EE.
UU., los demócratas intentaron frenar la escalada con resoluciones para limitar el poder presidencial de usar la fuerza militar sin la aprobación del Congreso, pero estas fueron rechazadas.













