Esta visión se aleja de la cooperación multilateral para adoptar una postura más unilateral e intervencionista. La narrativa oficial presenta a Estados Unidos como una víctima de un orden internacional que ha beneficiado a otros a su costa, justificando así una política exterior más agresiva. En la práctica, esta doctrina se materializa en acciones como el despliegue militar en el Caribe bajo el pretexto de la lucha antidrogas, el bloqueo a Venezuela y la presión sobre otros gobiernos de la región para que alineen sus políticas con los intereses de Washington. El Caribe y América Latina vuelven a ser nombrados como una "zona natural" de control, donde se normaliza la intervención si el objetivo es frenar proyectos políticos considerados adversos o contener la influencia de actores como China y Rusia.