La operación, dirigida por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), apunta a la detención masiva de hasta 5.000 migrantes, principalmente de México y Centroamérica.
Aunque el DHS afirma que el foco está en personas con "historial criminal", las imágenes difundidas muestran un enfoque más amplio.
La llegada de equipos especiales de la Patrulla Fronteriza sigue el patrón de redadas anteriores en ciudades como Chicago y Charlotte, dirigidas por el mismo jefe, Gregory Bovino, cuyos métodos han sido criticados por su dureza. La elección de Nueva Orleans es vista como simbólica: un enclave demócrata en un estado republicano. Líderes locales denuncian que la operación carece de lógica de seguridad pública y la consideran una "maniobra de poder" para mostrar fuerza política. El impacto en la comunidad ha sido inmediato: padres temen enviar a sus hijos a la escuela, los comercios han reducido sus horarios y miles de personas permanecen encerradas. Organizaciones locales están distribuyendo silbatos y organizando redes de alerta para mitigar los daños, mientras la ciudad, considerada un "santuario", enfrenta el temor y la incertidumbre.













