Esta narrativa se apoya en una larga tradición de excepcionalismo estadounidense, donde EE.
UU. se posiciona como un gendarme global con derecho a intervenir.
Las promesas de Trump, como “acabaré la guerra de Ucrania en 48 horas”, son vistas como eslóganes de una ficción mal escrita. En la práctica, sus planes de paz son unilaterales y sirven para imponer los intereses de EE.
UU.
El plan para Gaza es descrito como una “recolonización encubierta” que ignora a los palestinos.
En Ucrania, se busca encubrir la derrota estratégica de la OTAN bajo una supuesta mediación. Y en el caso de Venezuela, la agresión es directa y sin disimulos, con bombardeos a embarcaciones y amenazas de invasión. La palabra ‘paz’ se pervierte, convirtiéndose en un ultimátum que criminaliza la resistencia y santifica la violencia del poder hegemónico.
En lugar de una política exterior coherente, Trump ofrece una coreografía de amenazas y gestos rimbombantes donde las víctimas son reales y las bombas no son efectos especiales.










