La administración Trump ha intensificado drásticamente su política hacia Venezuela, combinando una presión militar sin precedentes en el Caribe con una estrategia diplomática ambigua. Este enfoque dual ha elevado la tensión regional a niveles críticos, generando incertidumbre sobre las intenciones de Washington y reconfigurando el tablero geopolítico en el hemisferio. La estrategia de máxima presión se materializa en la “Operación Lanza del Sur”, un despliegue militar descrito como el más grande en el Caribe desde la Crisis de los Misiles. La operación incluye al portaaviones USS Gerald R. Ford, el más grande y moderno de la flota estadounidense, junto a unos 15.000 efectivos, destructores y aeronaves de combate. Oficialmente, el objetivo es combatir el narcotráfico, y en el marco de esta misión, el Comando Sur ha reportado más de 20 ataques contra presuntas “narcolanchas”, con un saldo de más de 80 muertos, acciones que Amnistía Internacional ha sugerido que podrían constituir “ejecuciones extrajudiciales”. La tensión aérea también ha aumentado, con la Administración Federal de Aviación (FAA) emitiendo una alerta sobre “actividad militar creciente” que llevó a al menos seis aerolíneas internacionales a suspender sus vuelos a Venezuela.
Paralelamente, Trump autorizó a la CIA a preparar operaciones encubiertas en territorio venezolano.
La presión se ha formalizado con la designación del “Cartel de los Soles”, vinculado por Washington a Nicolás Maduro, como Organización Terrorista Extranjera (FTO), lo que habilita un marco legal para acciones más contundentes. Sin embargo, en un giro sorpresivo, Trump ha manifestado su disposición a dialogar con Maduro, declarando que tiene “algo muy específico que decirle” y que una conversación podría ocurrir “en un futuro no muy lejano”. Esta dualidad se complementa con reportes de que Maduro habría ofrecido renunciar en un plazo de dos a tres años, propuesta que la Casa Blanca habría rechazado por considerarla inaceptable.
En resumenLa política de Trump hacia Venezuela se caracteriza por una compleja mezcla de fuerza militar, designaciones terroristas y gestos diplomáticos. Mientras el despliegue naval aumenta la presión y el riesgo de escalada, la puerta a un diálogo, aunque incierto, permanece abierta, dejando el futuro de la relación bilateral y la estabilidad regional en un estado de máxima tensión.