La administración Trump ha intensificado su lucha contra el narcotráfico mediante una serie de ataques militares contra embarcaciones en aguas internacionales, una estrategia que ha dejado decenas de muertos y ha generado fuertes críticas por parte de la comunidad internacional y actores políticos dentro de Estados Unidos. Desde septiembre, Estados Unidos ha ejecutado al menos quince ataques contra pequeñas embarcaciones y semisumergibles en el Caribe y el océano Pacífico, resultando en la muerte de más de 60 personas. La justificación oficial, expresada por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, es que estas acciones se dirigen contra "organizaciones terroristas designadas" que transportan narcóticos, y que dichos grupos "han matado a más estadounidenses que Al Qaeda y serán tratados de la misma manera". El presidente Trump defendió personalmente la ofensiva, desestimando las críticas al afirmar que las embarcaciones atacadas "no estaban pescando".
Sin embargo, esta política ha sido condenada enérgicamente a nivel global.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, calificó los ataques como "inaceptables", "ejecuciones extrajudiciales" y violaciones al derecho internacional, argumentando que el uso de fuerza letal solo se justifica ante una amenaza inminente, lo cual no parecía ser el caso.
La ONU ha exigido investigaciones independientes.
En la región, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, llegó a calificar las operaciones como un "crimen de guerra". La controversia también ha resonado dentro de Estados Unidos, donde senadores de ambos partidos han cuestionado la legalidad de los ataques.
El senador demócrata Rubén Gallego los describió como "asesinatos", mientras que el republicano Rand Paul señaló que son acciones asimilables a las de regímenes autoritarios, ejecutando personas "sumariamente sin presentar pruebas".