La administración Trump ha iniciado la demolición completa del Ala Este de la Casa Blanca, una estructura de gran valor histórico, para construir en su lugar un gran salón de baile. El proyecto, valorado en 300 millones de dólares y financiado con donaciones privadas, ha desatado una fuerte controversia y es visto por los críticos como un símbolo del desprecio del presidente por las normas y el patrimonio nacional. El presidente Trump defendió la decisión, asegurando que el nuevo espacio será “uno de los salones de baile más grandes del mundo”, con capacidad para 1.000 invitados, lo que permitirá celebrar cenas de Estado sin necesidad de instalar carpas en los jardines. Confirmó que el proyecto no utilizará fondos públicos, sino donaciones de “generosos patriotas y magníficas empresas”, entre las que se mencionan gigantes tecnológicos como Apple, Amazon y Google.
Sin embargo, la demolición ha sido duramente criticada.
El Ala Este, construida en 1902, albergaba tradicionalmente las oficinas de la primera dama y fue escenario de importantes encuentros históricos. Organizaciones de patrimonio, como el National Trust for Historic Preservation, advirtieron que la obra “podría alterar de forma permanente el diseño clásico” de la residencia presidencial. Políticos demócratas han calificado la acción como una “falta de respeto”, especialmente mientras el gobierno federal enfrenta un cierre parcial.
Para muchos opositores, la demolición se ha convertido en una “metáfora de la forma en que Donald Trump ha arrasado con las normas, las instituciones y hasta con el orden mundial”.