Millones de personas en Estados Unidos y otras partes del mundo han salido a las calles bajo el lema "No Kings" para protestar contra lo que consideran la deriva autoritaria de la segunda administración de Donald Trump. Las manifestaciones, una de las movilizaciones más grandes en su contra, denuncian políticas antiinmigrantes, la militarización de ciudades y ataques a las instituciones democráticas. Con más de 2.700 concentraciones registradas en los 50 estados del país y en ciudades internacionales como Londres, París y Madrid, el movimiento "No Kings" (Sin Reyes) ha aglutinado a una amplia coalición de más de 200 organizaciones civiles, sindicatos y figuras políticas. El lema central, según los organizadores, es un recordatorio de que "en Estados Unidos no hay reyes" y que el poder debe residir en el pueblo. Las críticas de los manifestantes se centran en los "excesos autoritarios" de Trump, incluyendo el despliegue de fuerzas federales en ciudades, la persecución de inmigrantes, la intimidación a medios de comunicación y las venganzas contra rivales políticos.
Figuras demócratas prominentes se han unido a las marchas.
El senador Bernie Sanders advirtió sobre el peligro de un presidente que "quiere cada vez más y más poder en sus manos y en las de otros de sus oligarcas". Por su parte, el científico Bill Nye comparó la movilización con las protestas contra la Guerra de Vietnam, pero con un riesgo mayor: "nos enfrentamos al posible fin de nuestra república". La administración Trump y sus simpatizantes han reaccionado descalificando las protestas, tildándolas de "odio contra América" y "anti-estadounidenses".
Sin embargo, los organizadores insisten en que se trata de un acto patriótico en defensa de la democracia, reflejando la profunda polarización y preocupación por el rumbo del país.
En resumenEl movimiento "No Kings" ha canalizado un masivo descontento popular contra la presidencia de Donald Trump, movilizando a millones de personas en una defensa de los valores democráticos. Los manifestantes acusan a Trump de actuar como un monarca y de erosionar las libertades civiles, mientras la Casa Blanca desestima las protestas como "anti-estadounidenses". Este fenómeno refleja la profunda polarización política y la creciente preocupación por el rumbo institucional de Estados Unidos.