La administración Trump ha intensificado significativamente la presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, desplegando una importante fuerza militar en el Caribe y advirtiendo sobre posibles acciones directas contra el narcotráfico y el régimen. En las últimas semanas, Estados Unidos ha movilizado una de las mayores flotas en la región desde la década de 1980, que incluye ocho buques de guerra con misiles, un submarino nuclear, aeronaves de combate F-35 y más de 4.000 marines. La justificación oficial de esta “Operación Pacific Viper” es la lucha contra los carteles de la droga, apuntando directamente al régimen de Maduro, a quien Washington acusa de liderar el “Cartel de los Soles”. La presión se ha materializado en acciones concretas, como un “ataque letal” contra una lancha proveniente de Venezuela que, según Trump, transportaba “narcoterroristas del Tren de Aragua”, resultando en 11 muertos. Además, tras un incidente en el que dos cazas F-16 venezolanos sobrevolaron un buque estadounidense en aguas internacionales, Trump advirtió que derribará cualquier avión militar venezolano que represente una amenaza.
La ofensiva también es diplomática y financiera; la recompensa por la captura de Maduro se ha duplicado a 50 millones de dólares.
El secretario de Guerra, Pete Hegseth, afirmó que “Maduro está involucrado en el narcotráfico” y tiene “muchas decisiones que tomar”. En respuesta, Maduro ha calificado el despliegue como una “amenaza directa” y ha ordenado la movilización de milicias, declarando que el país está preparado para la “lucha armada, si fuese necesario”.
En resumenLa administración Trump ha elevado la confrontación con Venezuela a un nivel militar, con un despliegue naval sin precedentes en el Caribe, acciones letales contra presuntos narcotraficantes y amenazas directas. Esta estrategia de “mano dura” busca asfixiar al régimen de Maduro, que ha respondido con una retórica belicista y la movilización de sus fuerzas.