La administración Trump ha elevado drásticamente la tensión con Venezuela, combinando una fuerte presión militar en el Caribe con una retórica beligerante y acciones directas contra presuntos narcotraficantes vinculados al régimen de Nicolás Maduro. Esta postura ha generado una crisis diplomática y el temor a un conflicto armado en la región. La estrategia estadounidense se ha materializado con un significativo despliegue naval y aéreo en el Caribe, que incluye ocho buques con misiles, un submarino nuclear y más de 4.000 efectivos, además del envío de diez cazas F-35 a Puerto Rico. El punto más álgido de la confrontación fue el ataque confirmado por el propio Trump contra una embarcación presuntamente de narcotraficantes proveniente de Venezuela, que resultó en la muerte de 11 personas, calificadas por Washington como “narcoterroristas” del Tren de Aragua. Mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, advertía que este “no será el último” ataque, el gobierno de Maduro rechazó la versión, acusando a EE. UU. de usar inteligencia artificial para manipular el video del operativo y de cometer “ejecuciones extrajudiciales”. La ofensiva se complementa con el aumento a 50 millones de dólares de la recompensa por Maduro, a quien el secretario de Estado Marco Rubio calificó como “narcotraficante” y “fugitivo”.
Trump ha endurecido aún más su discurso, advirtiendo que derribará cualquier avión militar venezolano que represente una amenaza para sus fuerzas, tras un incidente en el que cazas F-16 venezolanos sobrevolaron un destructor estadounidense.
Ante la pregunta sobre posibles ataques dentro de Venezuela, Trump respondió de manera evasiva: “Ya lo descubrirás”.
En resumenLa relación entre Estados Unidos y Venezuela ha alcanzado un punto crítico, caracterizado por un despliegue militar sin precedentes en la región, acciones letales directas y una escalada de amenazas verbales. La estrategia de máxima presión de la administración Trump ha puesto al Caribe en alerta máxima ante la posibilidad de un enfrentamiento directo.