Un violento ataque perpetrado por disidencias de "Iván Mordisco" en Buenos Aires, Cauca, dejó un rastro de destrucción y desplazamiento, poniendo en evidencia la grave crisis de orden público en la región y la respuesta del Estado. La arremetida afectó gravemente a la población civil y la infraestructura municipal, generando un debate sobre la estrategia de seguridad del Gobierno. La incursión armada, que se extendió por varias horas, resultó en la destrucción casi total de la estación de Policía, la Casa de Justicia y la sede del Banco Agrario, tras ataques con fusiles y explosivos, incluido un cilindro bomba. Esta ofensiva no solo dejó a ocho policías heridos, sino que sembró el terror en la población civil, obligando a decenas de familias a huir del casco urbano ante las amenazas de los disidentes y la instalación de artefactos explosivos en las vías de acceso.
El alcalde Pablo Peña describió la situación afirmando que su municipio estaba "prácticamente tomado".
La respuesta del Gobierno fue contundente en el discurso: el presidente Gustavo Petro advirtió que habría cambios en los mandos militares si se confirmaba incompetencia y calificó a estos grupos como "genocidas del pueblo indígena". A nivel operativo, la cúpula militar, encabezada por el almirante Francisco Cubides, se desplazó a la zona para definir nuevas acciones militares focalizadas contra las estructuras narcoterroristas.
El Ministerio del Interior estimó que la reconstrucción de la infraestructura destruida podría costar 20 mil millones de pesos y tardar hasta dos años, un reflejo del profundo impacto del ataque. Este episodio se enmarca en una escalada de violencia en el Cauca, que evidencia el control territorial que aún ejercen los grupos armados y el inmenso desafío para la política de 'paz total'.
En resumenEl ataque en Buenos Aires, Cauca, subraya el persistente control de los grupos armados, el grave impacto humanitario sobre la población civil y los enormes desafíos para la estrategia de seguridad del Estado. La respuesta militar y las promesas de reconstrucción se enfrentan a una realidad de violencia arraigada que exige soluciones estructurales y efectivas para garantizar la vida y los derechos de las comunidades.