Tras más de dos años de guerra, miles de familias palestinas sobreviven en campamentos improvisados, lidiando con inundaciones y barro, mientras las promesas de reconstrucción no se materializan. Se reportan muertes no solo por los ataques de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), sino también por incidentes como incendios en las tiendas de campaña de los desplazados. Uno de los aspectos más críticos es el colapso total de la infraestructura sanitaria, que, según un informe, deja a 740.000 personas vulnerables a inundaciones tóxicas. Este panorama se agrava con la reciente decisión de Israel de prohibir la entrada a 37 ONG internacionales, lo que limita aún más el acceso a ayuda vital. Además, se denuncia la existencia de una 'línea amarilla', una frontera teóricamente segura pero que en la práctica es descrita como una 'pesadilla' para los palestinos, ya que es constantemente modificada o no respetada por el ejército israelí, que controla el 53% del enclave. La combinación de un entorno de vida precario, la falta de servicios esenciales y la incertidumbre sobre las zonas seguras configura una crisis de múltiples dimensiones que afecta a todos los aspectos de la vida en la Franja.