Según los testimonios recogidos en el terreno, la línea está sujeta a cambios constantes, siendo "movida hacia adelante" de manera arbitraria por las fuerzas israelíes. Esta falta de claridad y predictibilidad sobre dónde termina la zona considerada segura y dónde comienza el área de operaciones militares israelíes pone a los civiles en un riesgo permanente. La gestión de esta frontera invisible es un reflejo del control que Israel ejerce sobre la vida en la Franja. Este control se manifiesta no solo en demarcaciones territoriales imprecisas, sino también en decisiones administrativas como la prohibición de acceso a organizaciones humanitarias. La incertidumbre que genera la "línea amarilla" se suma a la ya precaria existencia de los habitantes de Gaza, quienes deben navegar un entorno donde las reglas pueden cambiar sin previo aviso y donde la seguridad prometida es, en la práctica, inexistente. Esta situación socava cualquier noción de normalidad y perpetúa un estado de alerta y miedo entre la población civil.