El vicario general del Patriarcado latino de Jerusalén describe un panorama de "hambre y desempleo, además de miedo". La paralización casi total de la actividad económica, junto con el bloqueo y la destrucción de los medios de producción, ha dejado a la mayoría de la población dependiente de la ayuda humanitaria. La fruta ha vuelto a los estantes, pero es un pequeño signo de normalidad en medio de una catástrofe. En Cisjordania, la situación no es menos grave.

Belén, cuya economía depende casi por completo del turismo y los peregrinos, ha sufrido un golpe devastador.

Tras dos años de conflicto, la ausencia de visitantes ha llevado a la quiebra a hoteles, restaurantes y artesanos, sumiendo a sus habitantes en una profunda crisis. La decisión de celebrar la Navidad en 2025, a pesar del dolor por Gaza, fue un intento de proyectar "esperanza", pero también una necesidad económica.

Este colapso económico y social tiene implicaciones a largo plazo, generando desesperanza, especialmente entre los jóvenes, y erosionando el tejido social.

La falta de oportunidades y la pobreza extrema crean un caldo de cultivo para una mayor inestabilidad, demostrando que las consecuencias de la guerra van mucho más allá del campo de batalla.