Aunque el texto es mínimo, la imagen y su descripción son elocuentes: la destrucción y la actividad militar continúan siendo una realidad cotidiana para los habitantes de la Franja.

Esta evidencia sobre el terreno contrasta fuertemente con las discusiones sobre treguas a largo plazo y la transición política mencionadas en otros informes.

La persistencia de los ataques demuestra la fragilidad de cualquier cese de hostilidades y la dificultad de pasar de la retórica diplomática a una calma real y sostenible. Cada nuevo ataque socava la confianza, provoca más víctimas civiles y complica aún más el trabajo de las agencias humanitarias.

La pregunta “¿Qué sigue para Gaza?” se responde, en parte, con esta cruda realidad: un ciclo de violencia que parece no tener fin, a pesar de los esfuerzos por encontrar una salida negociada al conflicto.

La paz sigue siendo un objetivo lejano mientras las bombas continúen cayendo sobre la ciudad.