Esta postura alinea la tregua directamente con un cambio fundamental en la presencia militar sobre el terreno y la presenta como un requisito indispensable para avanzar hacia una paz sostenible, enmarcada en un plan respaldado por Washington y la ONU. La declaración del mediador catarí pone de manifiesto la fragilidad del cese de hostilidades, que depende de concesiones significativas por parte de Israel. Por su parte, el líder de Hamás en Gaza, Khalil al-Hayya, ha complementado esta visión al aceptar la presencia de "una fuerza de la ONU para supervisar un alto el fuego", lo que demuestra una disposición a colaborar con mecanismos internacionales para garantizar el cumplimiento de la tregua. Sin embargo, esta aceptación está cuidadosamente delimitada, ya que al-Hayya rechaza explícitamente cualquier misión de la ONU destinada a desarmar al grupo, vinculando esa posibilidad únicamente al fin de la ocupación. En conjunto, estas posiciones revelan un complejo panorama diplomático donde, si bien existe un interés en mantener la calma, su transformación en una paz duradera está supeditada a la retirada militar israelí y a la preservación de la capacidad armada de Hamás como elemento de negociación.