Analistas y representantes palestinos han criticado duramente el plan de paz impulsado por Estados Unidos, calificándolo como una medida temporal que no aborda las causas estructurales del conflicto. La iniciativa es vista como un acuerdo de mínimos que prioriza una calma precaria sobre una solución justa y duradera. El plan de Trump es descrito como un “mapa de sometimiento” que ignora por completo el derecho internacional y los derechos del pueblo palestino. La abogada palestina estadounidense Noura Erakat señala que el acuerdo “supone un nuevo tipo de ocupación permanente, peor que la de antes de 2023”. Las críticas se centran en que la propuesta no menciona temas esenciales como el fin de la ocupación israelí de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, la eliminación de los asentamientos ilegales, el sistema de apartheid o el derecho al retorno de los refugiados. Al esquivar estos puntos neurálgicos, el acuerdo se asemeja a los fallidos Acuerdos de Oslo, que generaron esperanza, pero terminaron reducidos a “letra muerta, a burocracia internacional, a un espejismo diplomático”.
Se argumenta que presentar un cese al fuego como si fuera una paz definitiva es “perverso”, pues permite a las partes reorganizarse militarmente sin avanzar hacia una resolución real.
La paz, sostienen los críticos, no se mide por los días sin disparos, sino por la justicia que logra imponer, y en este acuerdo, la justicia para Palestina sigue ausente.
En resumenAl eludir los problemas fundamentales de ocupación, soberanía y justicia, el plan de paz actual es ampliamente considerado una solución temporal destinada al fracaso. Los críticos sostienen que una paz duradera debe basarse en el derecho internacional y el reconocimiento de los derechos palestinos, elementos ausentes en este acuerdo.