Los artículos destacan que, desde tiempos prehispánicos, las comunidades indígenas criaban este animal no como mascota, sino como una “fuente de proteína esencial”.

Con el tiempo, su rol evolucionó hasta convertirse en un plato ceremonial, reservado para ocasiones especiales como festividades religiosas, celebraciones familiares y para agasajar a visitantes importantes. Esta carga ritual convierte su consumo en un acto de conexión con el pasado andino y con las tradiciones que han perdurado a través de generaciones.

Hoy, esta herencia cultural se ha transformado en un valioso activo para la región.

El cuy asado o frito es la estrella de las rutas gastronómicas promovidas en Nariño, atrayendo a turistas nacionales e internacionales deseosos de experimentar un sabor auténtico y profundo.

La cuidadosa técnica de preparación, que incluye adobos con hierbas locales y una cocción lenta para lograr una piel crocante, demuestra el respeto y la sofisticación con que se trata este ingrediente. De este modo, el cuy funciona como un puente entre la historia ancestral y el desarrollo económico contemporáneo, demostrando cómo una tradición puede ser preservada y, al mismo tiempo, convertirse en un motor de la identidad y el turismo regional.