Este fenómeno indica una sofisticación y globalización del paladar colombiano.

Aunque las bebidas tradicionales como el aguardiente o la chicha mantienen su lugar, el vino se está integrando como un complemento en las celebraciones más importantes, lo que sugiere un cambio cultural en la forma de concebir la cena navideña. La relevancia de esta tendencia no radica solo en el consumo, sino en el interés creciente por el maridaje específico con la gastronomía local.

Las guías que explican cómo armonizar un vino con un pernil de cerdo, un ajiaco o incluso platos más complejos, demuestran que el consumidor colombiano busca una experiencia más elevada y no simplemente una bebida alcohólica. Se menciona que la elección ideal “varía según la intensidad de los platos y la temperatura del ambiente”, lo que denota un nivel de conocimiento más profundo. Este cambio podría tener implicaciones significativas para el mercado de bebidas en el país, impulsando la importación de vinos y fomentando una cultura enológica más desarrollada. La adaptación del vino a la mesa navideña colombiana es un claro ejemplo de cómo las tradiciones locales pueden dialogar y enriquecerse con influencias globales, creando nuevas formas de celebración.