Esta iniciativa, liderada por el programa ADN Dignidad, utiliza el poder del arte para resignificar el entorno y transmitir mensajes de solidaridad y respeto.
La creación de murales no es solo un acto estético, sino un proceso participativo que une a la población migrante, mayoritariamente venezolana, con las comunidades de acogida.
En estos espacios de co-creación, se comparten experiencias, se derriban prejuicios y se fortalece el tejido social.
Carolina Roberto, coordinadora de comunicaciones del programa, explica que el objetivo es “combatir prejuicios y la xenofobia”, utilizando el arte como un lenguaje universal que trasciende las barreras. Este año, los murales se realizan en lugares estratégicos como la sede de Asuntos Humanitarios de la Cruz Roja en Bogotá y el Centro de Atención al Ciudadano de Zipaquirá. La iniciativa forma parte de una estrategia más amplia que incluye cineforos y talleres, demostrando que la cultura es un motor de transformación social. Con más de 2.8 millones de migrantes venezolanos en Colombia, proyectos como este son fundamentales para construir una sociedad más inclusiva y para recordar que la migración enriquece a las comunidades con nuevas perspectivas, talentos y resiliencia.
Los murales se convierten así en monumentos vivos a la convivencia y la esperanza.







