Los maestros, conscientes de los riesgos que enfrentan sus estudiantes para llegar a las aulas, han trabajado mano a mano con los padres de familia y líderes comunitarios para establecer corredores seguros, coordinando horarios y rutas para minimizar la exposición al peligro. Esta red de apoyo comunitaria es fundamental para la supervivencia del sistema educativo en la zona.
Además de los desafíos de seguridad, los docentes han tenido que adaptar sus métodos de enseñanza a una realidad impredecible. Las pedagogías flexibles les permiten ajustar los calendarios y contenidos académicos a las interrupciones causadas por los enfrentamientos o los desplazamientos forzados.
Su labor no se limita a impartir conocimientos; también brindan apoyo psicosocial, convirtiéndose en figuras de contención emocional para niños que crecen en un entorno de constante incertidumbre. Estos educadores son héroes anónimos que, con su dedicación, no solo forman académicamente a las nuevas generaciones, sino que también siembran valores de paz y resiliencia, construyendo un futuro diferente para una región históricamente marcada por el olvido y la violencia.







