La escena se convirtió rápidamente en un fenómeno viral, trascendiendo las redes sociales para convertirse en un símbolo del profundo vacío que dejó la tragedia. Este gesto espontáneo de apego animal resonó en un país que buscaba consuelo frente a una pérdida irreparable.

La historia de la mascota no solo humanizó aún más a las víctimas, sino que también abrió un espacio para el duelo colectivo, permitiendo a la gente conectar con la tragedia desde una perspectiva de amor incondicional. Expertos en comportamiento animal señalan que, si bien no se puede atribuir el concepto humano de 'llanto', los animales sí experimentan estrés, ansiedad y cambios de comportamiento ante la ausencia de sus cuidadores. La reacción del perro de Mariana se convirtió así en un poderoso recordatorio de que el dolor por la pérdida es una experiencia universal que trasciende especies, uniendo a la comunidad en un sentimiento compartido de empatía y solidaridad.