Según su testimonio, logró sacar a una compañera que se encontraba debajo del bus y reubicar a otra que tenía una herida grave en el pie. Impulsado por la convicción de ser la "única esperanza de salvar a mis compañeros", emprendió el difícil ascenso por el barranco, una hazaña que le tomó cerca de una hora en la oscuridad. Una vez en la carretera, su angustia continuó al ser ignorado por más de 100 vehículos que pasaron sin detenerse.

Finalmente, el conductor de una tractomula, Jhon Freddy Salazar, se detuvo para auxiliarlo. Salazar corroboró la dificultad inicial para contactar a los servicios de emergencia, mencionando que llamó al 123 pero "nadie contestaba". La fe de Rúa fue un pilar durante la terrible experiencia; él mismo afirmó: "fueron las fuerzas que me dio el Señor para poder socorrer a mis compañeros". Su valiente acción fue fundamental para que los organismos de socorro fueran alertados y se iniciara el operativo de rescate, evitando una tragedia aún mayor. Su historia resalta el coraje individual frente a un trauma inimaginable y la importancia de la solidaridad ciudadana.