En medio de la turbulencia que afectó a los mercados de acciones y criptomonedas, el oro se consolidó como el principal activo refugio para los inversores.

El metal precioso experimentó un ascenso imparable, alcanzando un pico histórico de US$4.378,69 por onza.

El oro al contado se negociaba en US$4.335,87, mientras que los futuros del oro también registraban ganancias, cotizando en US$4.348,9. Este notable incremento en su valor llevó la capitalización de mercado del oro a superar el hito de los 30 billones de dólares. La fuerte demanda del metal se produjo en un contexto de renovadas preocupaciones sobre la estabilidad del sistema bancario regional en Estados Unidos y la incertidumbre económica general. Los analistas señalaron que este comportamiento refleja un clásico “vuelo hacia la calidad”, donde los inversores abandonan activos de mayor riesgo en favor de la seguridad percibida del oro. El impulso fue tan fuerte que el metal se encaminaba a registrar su mayor ganancia porcentual semanal desde la crisis financiera de 2008, destacando la magnitud de la ansiedad presente en los mercados globales.